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Dos Robles Selenitas

Dos robles selenitas

En una banca mientras toman el sol de la mañana se encuentran sentados Don Miguel Ángel Atehortúa y Don Jesús Alonso Hincapié, dos personas nonagenarias que han vivido gran parte de la historia del corregimiento de Santa Elena.

Don Miguel fue una persona dedicada principalmente a la agricultura de hortalizas y paralelo a eso un buen devoto católico, hacía el rosario todos los días a las cinco de la tarde y asistía mensualmente a la misa que daban los jesuitas del Claustro de San Ignacio de Loyola en una casa vieja de tapia ubicada en un sector denominado La Calle; en este sector se construyó la parroquia y con la llegada del primer sacerdote, también se comenzó la construcción de la escuela de Santa Elena con ayuda de la comunidad, mediante los convites populares para poder tener la suficiente mano de obra; además el municipio de Medellín enviaría una maquina tipo Cinva Ram y un Bulldozer para comenzar a hacer las vías para las diferentes veredas del corregimiento.

Por su parte Don Jesús se dedicó inicialmente a la floricultura tradicional al aire libre y le tocó vivir la primera protesta de los floricultores en la Plaza de Mercado de Guayaquil del municipio de Medellín, que en ese entonces se llamaba Plaza Amador (actualmente conocida como el Parque de las Luces), debido a que los querían obligar a ubicarse en unas pocetas en la plaza, para que pudieran mantener las flores en agua y sacarlos de las galerías que tenían en el sector de la calle La Alhambra en donde vendían las flores en las silletas.

Finalmente, Don Jesús pasó a ser administrador de un pequeño mercado que estuvo ubicado en el parque principal y fue parte de la acción comunal del corregimiento; él dice que a partir de ese momento dejó de ser campesino. Con el tiempo pasaría a ser comerciante, logrando ser dueño de una gran parte de los negocios que se encuentra en el sector del Recreo en el corregimiento de Santa Elena, trabajando 45 años hasta que padeció una grave enfermedad que lo obligó vender gran parte de la herencia de sus padres para poder costear el tratamiento. También le ha gustado mucho la poesía, especialmente la poesía de Jorge Robledo Ortiz y de Rodrigo Correa Palacio, y la ha estado declamado desde hace ya treinta años.

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