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Los  “Dueños” De La Parroquia

Los “Dueños” de la Parroquia

 

José Bayardo Betancur y Azarías Betancur son dos ministros de la comunión de la parroquia del corregimiento de San Antonio de Prado; ellos dos han vivido una parte de la historia de parroquia desde su niñez hasta la actualidad. Cuando las personas de la comunidad los ven dicen: “ahí van los dueños de la parroquia”, no en tono despectivo, sino por ser personas muy constantes al servicio de la Iglesia.

Azarías recuerda con mucho cariño al párroco Lorenzo Salazar Hoyos cuando salía con un carriel y entraba a los cafés y cantinas solicitando la limosna a los que estaba departiendo allí, diciéndoles que “que así como tenían plata para en traguito, también tenían plata para colaborarle a la parroquia”; y que con este dinero fue realizando adecuaciones a la Iglesia en colaboración con el maestro de obra el señor Manuel Velásquez, el cual fue uno de los protagonistas de toda la renovación de la Iglesia del corregimiento. También recuerda las misas en latín con el sacerdote de espaldas, la Hora Santa con el señor Antonio Betancur de 7 a 8 de la noche, donde una vez se quedó dormido y tuvo que sonar las campanas para que pudiera salir sigilosamente sin ser visto de la Iglesia; y los confesionarios en madera, en especial el que utilizaba el padre Gabriel Mesa cerca al Señor Caído.

José Bayardo por su parte nos cuenta que el padre Lorenzo aportó enormemente al desarrollo de las vías del corregimiento y a la adecuación del cementerio el cual lleva su nombre (queda en tela de juicio, si el nombre del cementerio fue en homenaje al presbítero o al santo mártir del año 257 D.C). En el cementerio por aquel entonces, los difuntos eran enterrados en el suelo; la capilla actual no existía, sino que había una habitación de tapia en donde se almacenaba ataúdes de segunda mano y herramientas; posteriormente fue demolida para hacer un parque con una pileta. También nos cuenta que por aquella época en la Iglesia se utilizaba el comulgatorio (hoy en desuso), donde es hoy el despacho parroquial, se encontraba la panadería de “Narcisita” dónde se vendía velitas dulces y bizcochos; las rivalidades entre veredas en las fiestas patronales por la mejor banda y la mejor pólvora; el altar de color granate y que comenzó a renovarse por el padre Rafael Betancur con la laminilla dorada; y al padre Jiménez que fue muy estricto y si veía una mujer con escote, les decía a los monaguillos que le llevaran un saco (de los tantos que tenían para estos menesteres) para que se tapara.

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